domingo, 22 de abril de 2018

Fénix


Fénix


(Imagen extraída de Pinterest)


Cada invierno
se embotella en tres
 tazas de café.
(Una por el frío, otra por la melancolía, la tercera por amor)







El día en el que se atrevió a mirar por encima de su taza, se levantó con el pié izquierdo. Se vistió como siempre; un desaliñado pretencioso a ojos de cualquiera. Bajó siete pisos en ascensor, tarareando el comercial de azúcar, golpeando el pié contra el suelo de metal y practicando las muecas que le haría a Martínez esa mañana cuando le pidiera café. "Sí, señor" inclinó la cabeza "¿con azúcar o sin azúcar?" asintió "no se vaya a quemar, señor Martínez". Se permitió practicar aunque sabía bien que el viejo lo iba a echar nada más pisara la oficina. Se aflojó la corbata, como quien da una bocanada de aire antes de sumergirse, y salió. En la calle le sonrió a todo el que pasaba. Quizá por los nervios de sentir venir el primer despido de su vida, quizá por la adrenalina de decirle a sus compañeras que su jefe les miraba el culo cada vez que se daban la vuelta, o quizá porque sí. Estaba dispuesto a sonreír aún cuando el mundo se le volvía en contra.

 Pasó por El Turno, café 24 horas, y pidió un té con bizcochos. De irse, llegaría demasiado temprano. Se sentó en la mesa contra la ventana para poder fingir algún tipo de interés. Y entonces la vió, justo en el momento en el que levantó la vista del té y se le empañaron los lentes (y el corazón). Media escondida detrás de una laptop, tecleando sin parar. No supo si se puso colorado porque se quemó la lengua o porque del otro lado de la habitación alguien lo había notado. Ella había levantado la vista cuando se abrió la puerta del local, pero, accidentalmente, chocó con él mientras la observaba. Los dos, enseguida volvieron a lo que estaban haciendo, él, a tomar su té y empañarse los lentes, pensando en cómo iba a ser su primer despido, ella, a teclear en su portátil sin levantar la vista para nada más.

Y eso volvió a ocurrir. Como quien no quiere la cosa, entre trago y trago sin querer se les chocaban las miradas y se les enredaban las ideas.
Cuando pidió la cuenta, el mozo llegó con una servilleta doblada en cuatro. La abrió. Un numero de teléfono escrito con lapicera roja acompañado de dos ojitos con pestañas acompañaban la nota.
Fénix. Así  fue el nombre con el que la agendó cuando leyó el número del papel. No fue por su parecido a un pájaro, en absoluto. Minutos antes él mismo se había visto morir y renacer mientras, del otro lado del café, una sonrisa desfilaba descaradamente sobre sus labios de comisura a comisura. Tendría que haberla llamado cenizas, pero Fénix sonaba más romántico y un poco más elegante.

Agarró una servilleta y, debajo de la estampa de "El Turno" escribió su número de teléfono para que no hubiese excusas en llamarse después. El mozo, sintiéndose como cupido con delantal, le entregó la servilleta y se sentó detrás del mostrador a observar el final del juego. ¿Quién iba a levantarse primero? Él hubiese apostado todas sus propinas a que sería ella, escapándose y dejando al pobre chico con la responsabilidad de buscarla. Pero los dos comenzaron a juntar sus cosas. El mozo se tocó las rodillas, impaciente, y llevó la mirada de un lado a otro como en un partido de tenis. Ella levantó la mochila y guardó la laptop. Él dejó la propina sobre la mesa y la miró. Ella se prendió el abrigo hasta el cuello para protegerse del frío que le esperaba puertas para afuera. Y empezó a caminar hasta la salida. El mozo sonrió sabiendo que habría ganado su apuesta si hubiese tenido a alguien con quien apostar. Pero entonces él se levantó, y también se dirigió a la puerta. Ella salió primero. Él se quedó parado en la puerta y la observó doblar la esquina. Se dio vuelta,  miró al mozo, (quien pasmado quería gritarle como en las películas que la persiguiera) y dijo:

Reservarme una mesa para dos mañana por la mañana, por favor. sonrió, y salió al frío de la mañana con el pié derecho, a darle cara al mundo y a Martínez, a pelear con sus compañeras y a saludar a los gritos al chofer del ómnibus que siempre pasa justo por enfrente a  su oficina cuando él va entrando.

El mozo no le respondió. El café siempre está vacío. Habrá más que una mesa para dos a la mañana siguiente. Y entonces se ríe.

11 comentarios:

  1. Me ha encantado! Al final estaba igual que el mozo, desesperada por saber quién se levantaba primero.

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    1. ¡Hola, Romi! Como siempre, GRACIAS, por venir y leerme. Me emociona que te haya gustado. ¡Nos leemos!

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  2. Me has tenido en vilo. Ojalá te decidieras a hacerlos más largos y que de un relato saliera una novela. Porque el pie ya lo tienes...
    B7s

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    1. ¡Hola, Ali! Ya estoy en ello, ojalá algún día algo de eso salga a la luz, jajajaja. Mil gracias por pasarte a leer. ¡Un beso!

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  3. Holaaa me ha gustado mucho tu relato, ahora me has dejado con ganas de saber mucho más

    Un besooo

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  4. ¡Holi Tami!

    Me encantó el relato y la manera en la que escribís, tan delicada y atrapante. ME ENCANTÓ♥
    Espero algún día leer una novela escrita por vos...

    Un beso grande, Mundo Literario♥

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  5. ¡Hola!
    Me ha encantado, me has tenido con la intriga hasta el final, me gustó mucho tu forma de narrar.
    ¡Besos!
    María | Krazy Book Obsession

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  6. ¡Hola Tami! Me encantan tus relatos, de verdad es genial cómo escribis. Lo único malo es que siempre me quedo con ganas de más... A ver cuándo te ponés con una novela ;)
    ¡Besote!

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  7. Tami, pequeña, a ver si me sacas un libro entero porque me quedé con ganas de leer más. Amo como escribís, creo que te lo he dicho varias veces, pero sos una genia. Espero que sigas subiendo más!

    ¡Saludos!

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  8. Ay qué cuco por favor!!! quiero saber más!!!!!!!

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  9. ¡Hola!
    Me ha gustado tu relato, me encanta como escribes♥
    ¡Besos!

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